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Música en vivo

La silla crujía

Por unas horas volvió el frío. Como un recuerdo de febrero. Un recuerdo amargo. Añorando algo que ya sabes que es malo pero en el fondo te atrae. Así son las canciones de Julio de la Rosa. Temas revestidos de sexo, drogas y rock and roll que no paran de hablar del malditismo, el bien y el mal.

El sábado actuó en el C.C. Matadero. Él solo, con dos guitarras, una acústica y otra eléctrica.Unas horas antes había presentado su primera novela en la librería Anónima y ahora se encontraba encima del escenario del Matadero para promocionar su último disco “Pequeños trastornos sin importancia”. Lo que se conoce como un hombre polifacético. Pero para bien eh, que hay gente que se mete en cien mil fregaos parecidos y sale mal de todos.El caso, de manera tranquila salió al escenario, y sobre una silla que el propio Julio nos advirtió que crujía, comenzó su directo. Sin ninguna capa, ningún bucle, las primeras canciones fueron como una especie de calentamiento. Eso sí, poco a poco, fue introduciendose en su propio mundo y así a mitad de uno de sus temas oías su guitarra pero el no la estaba tocando, la acababa de grabar, empezaba lo bueno.Julio sin su pedal de bucles también sería grande pero hay que reconocer la importancia que tiene en sus directos. Graba una guitarra, otra, luego un punteo, su voz, cierras los ojos, te recuestas en la butaca, pero no te duermes eh, sigue grabando guitarras, ahora un grito, más guitarras, y dices: la madre que lo parió, cómo lo hace, si parece que haya siete personas en el escenario. Abres y los ojos y compruebas que sigue solo. Un gran control de las capas.Por sacarle algún pero, los momentos en los que sacaba el orco de dentro, entiéndase orco a cuando gritaba hasta limites en los que rompía su voz. Su melodía de voz es lo suficientemente buena como para permitirse no hacer esas maniobras, aunque también es cierto que si el concierto se hubiese realizado en una sala, con la gente hablando, licores variados y cachondeos, esas lineas vocales habrían estado más integradas. Pero eso sí, en ningún momento molestaron. El inicio de “Gigante”, lleno de descripciones de roles y caracteristicas sociales, cada uno que nombraba iba señalando al público, aún sin verlo, como una amenaza, para al final sentenciar “al cretino que canta”, siguiendo en la linea del maldistimo.Después ristra de instrumentos peculiares. Una radio, una kalimba y un cacharro relleno de agua que generaba ambientes parecidos a los de una película de miedo.Con la radio fue parecido, su sonido se basaba en una frecuencia, un ambiente que oscilaba y sobre él Julio recitaba, cantaba. Fue un momento cuasi a capella. “La fiera dentro”. El final del tema, en el que la letra decía algo así como “ademas es muy fácil bailar”, lo digo de memoria, es posible que dijese otra cosa, pues en ese instante inició una especie de mofa de la danza, agregando interpretación gestual a sus letras, lo cual le dio un valor doble, fue quizá el mejor momento del concierto.Aparte de los temas del último disco hizo un recorrido de sus anteriores trabajos, como “El monstruo nunca duerme”, intensa canción que sentencia “si algo he aprendido lo tendré que practicar”. También hizo un acceso a sus fans de la etapa en la que estaba en El Hombre Burbuja y tocó varios temas, el más destacable fue “Kill the mosquito”, que realizó de una manera casi recitada, bastante más light que la original pero fue igual de contundente.Y al final, Julio literalmente desapareció, se retiró al camerino sin dejar de tocar su guitarra, la cual había desconectado para interpretar el último tema. Fue, en cierta manera, el gesto divertido de los “Pequeños transtornos sin importancia”.