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Directo

Bisoños F.C.

Para escribir la crónica del concierto tuve que desplazarme cinco kilómetros fuera de la ciudad. En medio de la gran tormenta del fin de semana, imaginatelo, pero era necesario, necesitaba reflexionar sobre lo que había visto. Hubo un lleno hasta la bandera, entradas agotadas con varias horas de antelación. Conté un mínimo de cuatro cámaras de video. Había mucho movimiento. Máxima expectación. Actuaban Los Bisoños, un grupo de pop oscense formado hace cuarenta años y que tras un largo parón ha decidido regresar. En ocasiones la nostalgia funciona como motor. Al escenario del Centro Cultural del Matadero se subieron Daniel Hasta, Julio Aznar, Fernando Ordás, Pedro Mínguez, Rafael Roche, Manolo Marco, José Aquilué y Agustín Elsón, en una formación de dos guitarras, bajo, batería, teclados y sección de vientos. Empezaron con una versión del tema “Milk Cow Blues” de Los Kinks, que adaptaron de manera muy acertada al español en un Bisoños Blues, en cuya letra hacían una reflexión sobre el paso del tiempo e invitaban a la gente a tomar asiento para disfrutar del show. El público, que ya estaba sentado, no paraba de lanzar aplausos, el patio de butacas era una fiesta, daba igual que tocasen “Todo tiene su fin” de Los Módulos, “Compresión” de Lone Star o “Catorce vidas son dos gatos” de Fito y Los Fitipaldis. Bueno, no es que diese igual, se notaba la mayor o menor aceptación de las canciones por parte del público, pero lo que la gente había ido realmente a ver era el reencuentro de los Bisoños. A medio camino entre el fan musical y el hincha deportivo, ese que apoya a su equipo pase lo que pase y nunca cesa de animar, que tiene metido en el adn su filia a unos colores y los defiende a pesar de las derrotas. Aunque lo del viernes fue todo lo contrario a una derrota, tenías que haber visto cuando empezaron a tocar “Mi calle” de Lone Star, una perfecta versión que levantó a la gente de los asientos. Porque sí, Los Bisoños hacen versiones de canciones pop, desde los Secretos (“Ojos de gata”), Miguel Ríos (“Oh mi señor”), pasando por Nacha Pop (“La chica de ayer”), e incluso de Los Beatles (“Let it be”), pero a todas les dan un toque particular, generando una sonoridad propia, huyendo del mundo orquestero. Aunque hay que reconocer que cuando más efectivos fueron y cuando aumentó el volumen de los vítores fue al mostrar su lado más rockero y en lengua española, con alguna excepción, como la versión de Nancy Sinatra, “This boots are made for walking”. La primera parte del concierto la cerraron con el tema de Los Brincos “Nadie te quiere ya”, con esta canción se retiraron al camerino, pero muy poco tiempo, el público, de manera atronadora exigía un bis, y lo hubo. En él tuvieron hasta una petición para que volviesen a tocar uno de sus temas, propuesta que generó los primeros bailes por los laterales del patio de butacas. Como guinda tras las casi dos horas de concierto, con las luces dadas y el público entregado, ofrecieron la posibilidad de subir con ellos al escenario para cantar el estribillo de “Hey Jude” de Los Beatles, propuesta que fue secundada en cuentagotas pero que acabó con más de treinta personas sobre el escenario. Entrañable fin de fiesta. Después, como ya te he dicho antes, escribí la crónica, seguía lloviendo, la envíe al periódico y recordé que la realidad no es más que un sueño de Resines.