Déjese querer
Después de un encuentro fortuito hace ya casi dos meses, el pasado jueves volví a coincidir con Oriol. Había acudido al Centro Cultural del Matadero para ver el concierto de Zenet, aunque por lo que me contó más tarde, él lo había entendido mal. Debió leer deprisa el anuncio o vete tú a saber, el caso es que leyó Fernet en lugar de Zenet, y se esperaba algo más opiaceo, una esfera más contemplativa y ensoñadora de la música, y claro, al principio le chocó el contraste con la idea que él llevaba.
Un formato acústico en el que ofrecieron las canciones de su repertorio de manera desnuda, tal y como fueron concebidas. El público, que llenó más de media sala del Centro Cultural, le dió igual el formato, se entregó a los dos artistas desde el primer instante y no pararon de cantar, aplaudir y jalear durante todo el concierto. Bueno, todos no, había uno que…
Y claro Zenet, el cantante, con ese punto jeta y un poco canalla, fue provocando, pidiendo aplausos al que no aplaudía y haciendo canciones cada vez más intensas a nivel lírico, como ‘Estela’, canción con la que Oriol se arrancó a sonreír un poco y confesó que se había visto identificado en la letra, también llegó a decir que aunque tenía aspecto de canalla, ese Zenet parecía tener un gran corazón.
Y no es para menos porque entre el guitarra y él mantuvieron todo el extenso concierto, de casi dos horas de duración, y eso, con tan poca instrumentación, no es sencillo, señal de la gran presencia de Zenet, aunque no menos importante fue la versatilidad del guitarra, capaz de irse por distintos mundos en la misma canción, todo un portento.
Su pop arrabalero, con toques latinos y letras melancólicas, enamoradizas pero con un punto de humor hicieron doblar la rodilla a todos.
“Un chotis, eso es un chotis” la emoción empezaba a invadir a Oriol, que reconoció al instante el estilo musical de la canción ‘Por debajo de Madrid’ y a partir de ahí empezó a bracear, dar palmas y dejarse llevar. Zenet lo había conseguido.
Cuando tocaron ‘Eres lo que menos me conviene’ los ojos de Oriol estaban vidriosos y decidí cambiarme de asiento para dejarle embriagarse tranquilo por la emoción.
Claro, un concierto así, que había tocado la fibra sensible de tanta gente, no podía acabar de cualquier manera, tuvo que realizar dos bises y si hubiese salido una tercera, la gente habría seguido igual de entregada, aplaudiendo a rabiar.
Al salir volví a coincidir con mi querido compañero de conciertos y me confesó a un volumen muy bajo, como con miedo a que fuese descubierto: “Me han conmovido, voy a tener que hacérmelo mirar”.