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Anticrónica

Experiencia religiosa

Querido lector, te voy a confesar parte de la metodología que uso para escribir estas crónicas: Normalmente, si sucede algo reseñable o extraordinario, como que el cantante se parta una pierna o el grupo interprete una versión de algún grupo mítico, lo anoto en mi teléfono móvil para después elaborar una redacción un tanto coherente con lo sucedido en el concierto. El pasado jueves no pude tomar ninguna nota. La actuación eclipsó todo y no quise pestañear ni perderme detalle.

Venía a actuar Aziza Brahim y como bien recordó ella, no era la primera vez que actuaba en Huesca, ya lo hizo hace unos siete años en el mismo escenario, pero durante todo ese tiempo ha evolucionado y alcanzado grandes cotas como el reciente número uno en la World Music Charts, algo así como los cuarenta principales de las músicas del mundo. Con semejante dato había expectación, aunque quizá no la suficiente, algo más de media entrada, peor para los que no estuvieron.

Ella durante todo el concierto interpretó la voz, una poderosa voz, y un tambor sobre el que iba marcando los ritmos de las canciones, a su lados le acompañaron un bajista y un guitarrista extraordinarios, que arroparon y elevaron de forma notable la música de Aziza.

Así que como ves, algo de experiencia religiosa fue, y cuando digo religiosa, me refiero a sentimiento colectivo, el resto de espectadores del Centro Cultural Matadero lo podrían corroborar, fue una catarsis.

Aziza Brahim es de origen africano y por tanto su música esta marcada de forma muy clara por los elementos mandingas, una música con unos patrones melódicos bellísimos, pero también está influenciada por otros elementos. Todas las músicas del mundo incorporan elementos de otras culturas. En las melodías de Aziza Brahim se puede detectar desde referencias al blues americano, pasando por la música cubana (cabe recordar que ella pasó mucho tiempo viviendo en Cuba), incluso el flamenco. Pero como columna vertebral, la música de su tierra, el Sahara.

Dato muy importante, pues no solo fue un concierto, también una reivindicación del Sahara Occidental, una lucha constante que parte del año 1975 y tiene a la población de ese país sobreviviendo en campos de refugiados. Interpretó un tema en el que hablaba de los campos de minas, recordando previamente que el Sahara Occidental es el territorio más minado del mundo.

Pero esa torsión de catarsis a la que me llevo refiriendo desde el comienzo no solo llegó de forma política, en su música también incorpora temáticas del día a día como en su canción “Julud” que dedicó a todas las madres del mundo.

Entre trances maravillosos hubo tiempo de todo, de bailar, de relajarse, incluso en más de uno se despertó la pasión. Aziza iba manejando todo, a base de lenguaje gestual, pidiendo más intensidad a sus músicos, a los cuales habría que volver a destacar, impecables y virtuosos, también animaba al público a base de gritos y hasta en algún instante realizó el zaghareet, el famoso grito que realizan los bereberes del norte de africa en señal de alegría. Y todo, bañado por la potencia y belleza de su voz. Fue toda una fiesta.

Tuvo que realizar un bis en el que tan solo salió ella, tocando el tambor, de nuevo de forma extraordinaria y te dabas cuenta que no hacía falta nada más, que solo ella cubría de forma sobrada el escenario. De nuevo ronda de aplausos y ahora sí, final de concierto. Medalla al mejor concierto en lo que llevamos de año.