Gente que arde
Hay semanas que resultan más complicadas que otras. Quizá por eso, el viernes, antes del concierto, estuve releyendo en casa Aullido de Allen Ginsberg.
De forma tonta pensé que tal vez la respuesta estaba en la poesía beat y que dentro de ese discurso extremo y alucinado, encontraría la clave de lo que te ha pasado. Rafa Angulo, eras un pieza pero te echaré de menos.
Así que el viernes necesitaba animarme. Fui al Centro Cultural Matadero dispuesto a darlo todo. Allí actuaban los Yonkis de la poesía, una formación que mezcla música y poesía. Parece que la moda del spoken word sigue vigente.
Hubo una entrada de público un tanto discreta para lo que merecen este tipo de espectáculos, unos lo achacaron al fútbol, pero vete tú a saber.
Tras el retraso, que ya empieza a ser habitual en todas las actuaciones del Matadero, uno a uno fueron saliendo los miembros del grupo dispuestos a repartir dosis de poesía beat.
Un movimiento caracterizado por la protesta, la experimentación vital y la ruptura de normas. Drogas, libertad, filosofía oriental. Fue una generación que todavía sigue influyendo y modificando el mundo.
El primero en salir fue José Javier García, que se colgó la guitarra y empezó a marcar un continuo riff sobre el cual apareció José Luis Esteban, quien empezó a recitar y ya no paró en todo el concierto. Todo un portento de la dicción y la memoria.
Tras este arranque medio sosegado salieron Carlos Chawan para encargarse del bajo y ataviado con un alzacuellos (!!!) y Víctor Jiménez a la batería.
Con los cuatro miembros de la formación sobre el escenario fueron soltando capas de rock, extensos pasajes perfectamente equilibrados y que tenían una función hipnótica. Si te fijabas en la música, las palabras de José Luis Esteban entraban sin querer, eran un instrumento más. Y al centrar la atención en el cantante, todo cambiaba y ese descenso a los infiernos que iba anunciando parecía más cerca. Sus gestos y movimientos sobre el escenario parecían influencia del teatro y creaban cierto desajuste con textos tan intensos como Ningún acto bondadoso queda impune de John Giorno o Se vende chatarra de Lawrence Ferlinghetti.
Todo habría indicado que la forma correcta de exponer estos poemas sería interiorizándolos, centrarlos más en un Sistema Stanislavski; pero al actuar de esa otra forma generó una dualidad con respecto al hieratismo de los músicos que realmente fue lo que atrapó y cautivó durante todo el concierto.
Además, qué bien le sienta al spoken word los crecendos musicales, esos que realizan cuando el texto está a punto de finalizar, dándole un toque más épico o espiritual.
El instante más celebrado de todo el concierto fue cuando interpretaron Aullido de Allen Ginsberg, el famoso poema emblema de la generación beat. Allí, sin atril sobre el que apoyar las letras ni nada, José Luis Esteban dio una lección de memoria e interpretación a todos los presentes, lo hizo completo, sin titubeos, recorriendo el escenario, gesticulando, era, como ya había anunciando, el descenso a los infiernos.
Tras este jetazo beat, poco más podía suceder, pero aún así les dio tiempo para tocar El Blues del Chivato, también de Ginsberg y finalizar la actuación con un poema de Charles Bukowsky, 3h 14’ 16’’, que aunque no se le considera estrictamente miembro de la generación beat, siempre le vincularon de un modo u otro. Lo cierto es que a estos textos extremos y reivindicativos le pegó muchísimo su adaptación a las líneas rockeras que ofreció la banda.
Un diez a la músicas, un diez a las palabras. Además, entre tema y tema, ofrecían citas de escritores de la época, como esta de Jack Kerouac, a la cual le fui dando vueltas hasta llegar a casa: “La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas”. Un abrazo, Rafa.