La ensalada del año
Ahora que ya ha llegado el buen tiempo todos tendemos a hacer unas cenas más ligeras, variadas y sobre todo, extensas. Una lechuga, un par de tomates, queso fresco, un poco de pimiento… El caso es que la tercera edición del Microfest tiene bastantes similitudes con estos principios, el más claro es la variedad de propuestas. Continuando con el recinto de la segunda edición, todos los conciertos se celebraron en el Espacio de Arte Joven, con el ambigú preparado por Esencia Producciones y el mismo buen ambiente de todas las ediciones.
La noche la abrieron Etterem Trío, un proyecto formado por el dj Carlos Hollers, el músico Pedro Mari Martín y el artista multidisciplinar Nicolás Sánchez. Un proyecto que arrancó gracias a un curso organizado por el ArtLab hace ya varios meses. En esta ocasión se han reunido para interpretar los poemas de David Giménez. Tuvieron un arranque de concierto un tanto dudoso porque mientras ellos aún se encontraban realizando la prueba de sonido, la gente fue entrando en la sala y situándose en sus asientos. Ese detalle no les desconcertó y uno tras otro Nicolás Sánchez fue recitando los poemas, todos ellos relacionados con el mundo de las vacas y desde su punto de vista, el de las vacas, claro. Carlos Hollers iba procesando todos los sonidos, las flautas y el contrabajo de Pedro Mari, sus magníficos e inquietantes coros, y revestía todo con bases o efectos sonoros que acompañaban los textos. Fue una propuesta extrema y bella, en todo momento rozaba la pesadilla, lo enfermizo, algo radical y magnífico. Un diez al riesgo.
Pero la ensalada, perdón, el festival, continuaba, era el turno de Miguel Ángel Ortiz, Gonzalo Alonso e Ingrid Magrinyà, que vinieron a presentar Joy (In progress), un proyecto que combina danza, música y poesía. Otra propuesta extrema, sí, esta ensalada no era mediterránea, no. Comenzaron generando un absoluto silencio entre todos los asistentes y tras él cada miembro acudió a su puesto, Gonzalo Alonso al set musical, realizando bucles, teclados, percusiones, detalles sonoros muy agradables, Miguel Ángel Ortiz a los textos, recitando sin parar un largo discurso en el que hacía alabanza de la repetición, «el cansancio enseña» llegó a decir, dando especial relevancia a las citas cultas, e Ingrid Magrinyà realizando un número de danza en el que fue recorriendo de manera cada vez más desesperada el escenario conforme se iba despojando poco a poco de su ropa. Mucha densidad en las palabras que provocaron un mayor punto de atención en el baile. “Amo la repetición”.
Para continuar el menú llegó la actuación de Víctor Coyote. En un plano muy distinto al habitual, alejado de sus canciones e interpretando distintos papeles de actor. Chocante y brillante. Su función consistía en hacer un homenaje a Virxilio Vietez, el fotógrafo de Soutelo, un personaje real de los años 50, que recorrió el país con su cámara al hombro. Con mucho humor y combinado con su actuación, Víctor iba explicando una tras otra las composiciones de las distintas fotos, reivindicando la figura de su autor para al final revelar la foto completa. Intercaló alguna pieza musical que seguía en el mismo tono de humor. Tuvo grandes instantes, como cuando hizo una pieza dialogando consigo mismo interpretando dos personajes distintos. Una gran versatilidad y manejo de todos los elementos del escenario.
Cerró su actuación regresando al Victor Coyote más conocido interpretando cuatro canciones de su repertorio con la guitarra acústica entre las que incluyó “Joven de cuello vuelto” y “Verbenita”, una preciosa canción que dejó a todo el público con ganas que la fiesta no parase y siguiese interpretando canciones, pero no fue así.
Y regresando al titular de la crónica, la ensalada ya estaba servida e ingerida, pero toda buena cena ha de terminarse con un espirituoso para terminar de colocar el estómago. Así que el broche final al Microfest corrió a cargo de Gustavo Giménez, un músico experimental que hizo un set basado en su voz, usando distintos efectos y loops. Todo muy oscuro y épico, una especie de Camarón del Averno. Mucha insistencia en los patrones góticos y advirtiendo a todo el público de la negatividad del mundo. Gritos con mucha reverberación y después regreso a su posición de flor de loto. Sin lugar a dudas la actuación más arriesgada e impactante de la noche. Y así llegamos al final de esta tercera edición de Microfest, un festival necesario para esta ciudad, ¡larga vida a él!