La teoría de cuerdas puesta en práctica
La teoría de cuerdas pone de manifiesto que cualquier objeto puntual en realidad está conectado con un todo, con un global, al que está unido mediante vibraciones o alteraciones de la materia. Estas vibraciones bien pueden producirse mediante la música, como la que hubo el pasado domingo por la tarde en el Centro Cultural del Matadero.
MUT Trío es una banda de free jazz improvisado compuesta por Albert Juan a la guitarra, Oriol Roca en la batería y Miguel Fernández como líder y saxofón tenor y soprano. A este trío y con motivo de la gira en la que se encuentran inmersos se les ha unido el virtuosísimo contrabajista Masa Kamaguchi, todo un lujo poder contar con un músico de esta talla, pero para ser justos, los cuatro músicos eran realmente buenos y es lógico, improvisar no es sencillo.
La improvisación no existe, o quizá sí, pero no deja de ser una explosión creativa en el mismo instante, y esta explosión se basa en nuestro subconsciente, en nuestro todo, de nuevo revisando la teoría de cuerdas para buscar una melodía, un fraseo, pasarlo por la deconstrucción del free jazz y lanzarlo al mundo. Para esto hace falta un amplío conocimiento musical de modo que uno pueda estar en distintos estados a la vez.
Aparte que la improvisación no es sencilla, tampoco es fácil hacerse entender con otros tres tipos en una jerga que estás pactando en ese momento. Con ello se alcanzaban grandes cotas de belleza, aunque los cenits en alguna ocasión venían precedidos de frecuencias de búsqueda, inquietantes, delicadas, buscando el hueco por el cual los cuatro podían comunicarse con todo el público.
De esta manera se pudo llegar a escuchar una versión deconstruida en modo free jazz del popular tema “Ay Jalisco no te rajes”, uno de los instantes más bonitos y curiosos de todo el concierto. Además, aprovechando el silencio sepulcral que se forma en casi todos los conciertos que se celebran en el Centro Cultural del Matadero, generaron una pausa que casi pareció una versión del tema 4’33’’ de John Cage, para poco a poco ir adentrando los instrumentos hasta formar una nueva frecuencia efervescente y brillante, un brillo tan intenso que parecía estar roto.
Durante hora y media estuvieron dando un repaso a todos los espectros del jazz, desde la pausa en la que se oían todos los movimientos de los músicos hasta la efervescencia más epiléptica, incluso las dos seguidas, pausa/ritmo/pausa. El jazz es un terreno de exploración y conocimiento.
Para terminar el concierto, Miguel Fernández cogió el micrófono para agradecer a todo el público la asistencia, presentar a la banda e interpretar una última pieza con la cual se despidieron tras un largo aplauso de todos los asistentes. Una despedida a la que se une la programación musical del Centro Cultural del Matadero, pero tranquilo, es sólo hasta septiembre, hasta entonces tocará inventarse algo o escuchar más jazz, el estilo de música más bello después del silencio.